El domingo es uno de esos días perfectos para escuchar el rugido de un V8 y sentir el aroma de gasolina mezclado con nostalgia. Al fin y al cabo, es el día en que el tráfico se toma un descanso (o al menos lo intenta), y la ciudad parece hasta sonreír un poco más. Este domingo, el paseo fue especial. ¿El destino? El autódromo. Pero esta vez, el asfalto de la pista no nos vio: nos quedamos afuera, porque a veces, el mejor espectáculo está tras bastidores. A bordo de mi Charger y del Maverick de mi amigo Rafly, el paseo fue una clase de historia sobre cuando Brasil todavía sabía apreciar lo que un gran motor podía ofrecer. Es ese tipo de encuentro en el que las conversaciones huelen a aceite, y las sonrisas vienen envueltas en el grave sonido del escape. Estar fuera de la pista tiene sus ventajas. Ves los autos pasar, pero también puedes admirar las máquinas estacionadas, cada una cargando una historia y un dueño orgulloso, listo para contar cómo rescató el auto de convertirs...