Una cosa que todo amante de los autos hace es lavar el coche. Ya sea en casa, en la casa de un amigo o en un lavadero, es casi un ritual obligatorio. En mi adolescencia, lavar el coche era simple: una manguera, cualquier detergente, un balde y un trapo o esponja. Si la persona era muy meticulosa, podía terminar con una capa de cera y un buen "brillo para neumáticos". Ese era el pináculo del lujo automovilístico. Confieso que sigo esta receta hasta hoy. Sin embargo, ahora que el garaje tiene más autos que tiempo disponible para mimarlos, rara vez me sobra disposición para la cera o el bendito brillo para neumáticos. Lo básico es suficiente — ¡y con eso basta! Pero llegaron los nuevos tiempos y, con ellos, la gourmetización del lavado. Máquinas de presión, champús con fórmulas más complejas que los cosméticos de salón, paños de microfibra, ceras líquidas, aerosoles que prometen devolver el brillo al alma del coche. Y, por supuesto, el famoso detallado . Este t...