Hace ya bastante tiempo que estoy dándole algunos retoques al Opalón. Ha sido mi compañero fiel durante nada menos que 25 años. El problema de ser amante de los autos (y de acumular una pequeña flota) es que todos, sin excepción, tienen algún detallito por arreglar. Es como una guardería mecánica: cuando solucionas el problema de uno, otro empieza a "llorar".
El Opala, por ejemplo, tenía algunos problemas clásicos de un auto que no le gusta estar quieto: el cable del capó roto y un faro quemado. Por suerte, esos dramas ya se resolvieron hoy. Un punto para mi paciencia (y para la tienda de autopartes más cercana).
A pesar de las reparaciones, el Opalón todavía está en fase de prueba. La idea es ambiciosa: un viaje al noreste con él. Aún no tengo definidas las fechas, ni el itinerario, ni las ciudades, ni los estados. Es decir, el viaje es un sueño para el próximo año, pero mientras tanto, nos conformamos con pequeñas escapadas y muchos paseos por Goiânia. ¿Y sabes qué? El auto sigue siendo una delicia para conducir, de esos que te sacan una sonrisa solo al encenderlo.
Ahora, una cosa que aún no he hecho es calcular el promedio de consumo. Después de darle un toque extra al motor, el Opalón está visiblemente más ágil, pero esa alegría extra en el pie derecho seguramente tendrá un costo en el tanque. Bueno, ¿y a quién le importa? Conducir con emoción no tiene precio... o bueno, solo lo tiene en la bomba de combustible.
Seguimos disfrutando el rugido del motor, una marcha a la vez. 🚗💨
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