¿Conoces ese tipo de persona a la que invitas por educación, pero que, para tu sorpresa (o desesperación), acepta? Pues sí, ese soy yo.
Durante un evento en la ciudad de Garibaldi, en Río Grande del Sur, mi ahora nuevo amigo uruguayo Pablo me invitó a viajar a su tierra natal para participar en un encuentro de autos americanos. Y, como buen entusiasta de las decisiones impulsivas, acepté sin dudarlo. El auto fue elegido en ese mismo momento, sin complicaciones: un Dodge Charger 1969. Al fin y al cabo, si te vas a meter en una aventura, que sea con estilo.
El Charger ya había recorrido bastante y sobrevivido a varios viajes largos, pero no soy ingenuo. Antes de salir a la carretera, le hicimos un chequeo completo: motor, neumáticos, caja de cambios, diferencial, sistema eléctrico... todo revisado. Cambio de aceite, reemplazo de la junta de la tapa de válvulas, limpieza del radiador e incluso un ajuste en el freno de mano. Parecía estar todo en orden… al menos dentro de lo que permite la testarudez mecánica de un clásico.
Como todo dueño de un Dodge sabe, estos autos tienen una habilidad innata para dejar entrar agua (quizás sea parte de su encanto de fábrica, ¿quién sabe?). Así que aproveché para sustituir el revestimiento del maletero por una goma transpirable, que además de mejorar el drenaje, evita que las cosas se deslicen de un lado a otro como si estuvieran en una pista de patinaje.
Por supuesto, no podía olvidar mi computadora. Porque entre una ciudad y otra, siempre puede surgir un problema del trabajo. ¿Quién no ha tenido que aprobar un informe en plena carretera?
Hablando de distancias... El evento se lleva a cabo en Piriápolis, Uruguay, organizado por el equipo de Lokustom. Desde mi ciudad, Goiânia, hasta allí hay unos 2.800 km. Pero hacer un viaje así en línea recta… ¡jamás! Rediseñé la ruta, agregué visitas a amigos y lugares imperdibles, y la distancia de ida mágicamente se disparó a 4.300 km. Ahora sí, tiene sentido.
Esta vez logré convencer a mis padres de unirse a la aventura. Ellos me acompañarían de cerca, junto con mi hermano, a bordo de un Mustang Mach 1. Nada mal, ¿eh? Un combo de muscle cars atravesando el camino rumbo a Uruguay.
Finalmente, llegó el gran día. Maletas listas, auto limpio, maletero cargado, tanque lleno. Hora de pisar la carretera y ver a dónde nos lleva esta travesía. Spoiler: probablemente a la gasolinera más cercana, porque si hay algo que este auto sabe hacer bien, es beber gasolina.






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