Tres motores V8, hermosas carreteras y una pasión inquebrantable por los autos clásicos. Para muchos, esto puede sonar como una locura, pero para los entusiastas de los clásicos americanos, es la fórmula de la felicidad. ¿Y sabes qué sucede cuando añadimos amigos y paisajes impresionantes a esta receta? Un viaje inolvidable.
Somos apasionados por Mopar, esto no es ninguna novedad. Mopar, para quienes no lo saben, es la denominación de los vehículos fabricados por Chrysler: Dodge, Plymouth, Jeep, entre otros. Estos autos tienen un aura que simplemente no encontramos en los vehículos comunes. Y fue esta pasión la que nos llevó a planear algo especial: un viaje que combine Mopar, V8, amigos y escenarios increíbles.
El Inicio del Viaje
A finales de 2017, comenzamos a planificar la ruta. En teoría, muchos interesados. En la práctica, solo los comprometidos: Luiz, Marcelo “Ração” y yo. La fecha marcada fue septiembre de 2018, y allá fuimos, con dos autos saliendo del Centro-Oeste, un encuentro en el Sudeste y un destino final: Montevideo, en Uruguay.
Nos reunimos por primera vez en Águas de Lindóia, durante el Mopar Nationals Brasil, organizado por el Chrysler Clube. Un evento exclusivamente Mopar, donde la atmósfera es pura nostalgia. Al día siguiente, partimos hacia Curitiba, formando un convoy de V8 con los Mopar de la región. Imagina la escena: carreteras llenas de autos con el inconfundible rugido de ocho cilindros, como si estuviéramos en los años 70.
Primer Contratiempo
Fue entonces cuando la aventura comenzó a mostrar sus desafíos. En el camino, el Dart de Luiz comenzó a echar humo por el escape. El viaje parecía comprometido. ¿Pero rendirse? ¡Jamás! Regresamos a Taubaté, donde nuestro amigo mecánico Glauco trabajó toda la noche para reemplazar una junta quemada. Con el auto reparado, retomamos la carretera.
De Norte a Sur de Uruguay
Cruzamos los pampas gaúchos hasta Santana do Livramento, en la frontera con Uruguay. ¿La peculiaridad? Una plaza separa ambos países, pero para cruzar oficialmente es necesario pasar por los puestos aduaneros. Necesitábamos el seguro carta verde, pero el nuevo sistema de la aseguradora, por supuesto, no reconoció nuestros autos por ser muy antiguos, así que todo tuvo que resolverse manualmente. Después de los trámites, continuamos nuestro viaje.
Por la Ruta 5, recorrimos cerca de 500 km hasta Montevideo. Carreteras impecables, peajes costosos (96 pesos, o casi $12), y gasolina carísima, sin alcohol y con octanaje 97. Pero valió la pena: llegamos a la capital uruguaya por la noche, listos para explorar.
Descubriendo Uruguay
Montevideo nos recibió con su peculiar mezcla de encanto antiguo y modernidad discreta. La ciudad tiene calles amplias, arboladas, y un ambiente tranquilo que contrasta con el bullicio de las grandes capitales. Exploramos sus ramblas, las largas avenidas que bordean el Río de la Plata, un escenario que invita a desacelerar y admirar el paisaje. Un aspecto que nos llamó la atención fue la cantidad de autos antiguos aún en uso, muchos de ellos en condiciones que los brasileños probablemente considerarían "precarias". Por otro lado, esta autenticidad tiene su encanto: los pequeños abollones y desgastes son casi como cicatrices que cuentan historias. Visitamos desarmaderos, los famosos desguaces de Uruguay, que revelaron un tesoro de piezas y reliquias para los amantes de los vehículos clásicos. También aprovechamos para explorar Punta del Este, con sus playas concurridas y mansiones lujosas, y el apacible José Ignacio, que nos impresionó con su sencillez encantadora. Aquí cabe destacar el excelente restaurante "La Huella". Rocha, con su aire rural, también fue una parada memorable, con paisajes que parecían sacados de una postal. No dudamos en tomar caminos de tierra, confiados en que nuestros Mopar estaban a la altura del desafío. Uruguay, con su tranquilidad y autenticidad, definitivamente conquistó nuestros corazones.
El Regreso
La siguiente parada destacada fue el evento del HPV8, en Garibaldi, un encuentro de apasionados por autos clásicos que parecía más una celebración de la cultura automovilística. Allí, nuestros Mopar, aún luciendo las marcas de la aventura —un toque de polvo aquí, una salpicadura de barro allá—, se convirtieron en el centro de atención. Mientras muchos expositores se enorgullecían del brillo impecable y la pintura inmaculada de sus vehículos, nosotros estábamos radiantes exhibiendo nuestros autos con el orgullo de las historias que cargaban. Era como si cada grano de suciedad fuera una medalla conquistada en las carreteras. El evento estuvo lleno de encuentros con amigos y nuevas conexiones, todo acompañado por el inconfundible rugido de los motores V8. Al día siguiente, participamos en un paseo por la deslumbrante Serra Gaúcha, donde las curvas sinuosas y el verdor de las montañas hicieron que la experiencia fuera aún más cinematográfica. Fue imposible no dejarse llevar por la belleza de la región, que parecía hecha a medida para celebrar la pasión por la carretera. Cada kilómetro recorrido reforzaba nuestro espíritu aventurero y la camaradería que solo un viaje como este puede crear.
El cruce por la Serra do Rio do Rastro, en Santa Catarina, fue simplemente inolvidable. Con sus curvas cerradas y desniveles impresionantes, la carretera parecía sacada de una película. El rugido de los V8 resonaba en las montañas, resaltando aún más la presencia de los clásicos Mopar. En la cima, nos recibió una densa neblina que cubrió la vista panorámica, pero creó una atmósfera casi mágica. A pesar del clima impredecible, la subida cinematográfica y el desafío de las curvas hicieron de esta experiencia uno de los grandes momentos destacados de nuestro viaje.
La última parada fue en el encuentro Mopar en Louveira, cerrando el viaje con amigos, una lluvia torrencial y muchas historias para contar. Después de 15 días, casi 8,000 km recorridos y un consumo promedio de 4.5 km/l, regresamos a casa exhaustos, pero satisfechos.


















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